Por: Karla Sterloff

“…ni ajenas reprensiones... han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí”... Sor Juana Inés de la Cruz

No se puede luchar durante toda una vida  en contra de la vocación. A  a pesar de los obstáculos que se suelen presentar en el camino y de los prejuicios sobre esta profesión, el afán de seguir pintando fue más fuerte y hoy una Ligia Brenes plena, nos recibe en su casa.

“De chiquilla, mi abuela me regañaba cuando me encontraba dibujando y pintando, decía que por qué era tan vaga y no me ponía a hacer la tarea. Siempre que quería dedicarme al arte,  topaba con algo que me lo impedía”.

Pero esto ha cambiado, con el tiempo decidió retomar la ruta. Hace 2 años, un curso de pintura en la Casa de la Ciudad de Cartago, le facilitó el aprendizaje de las técnicas de óleo y acrílico. Simultáneamente, vinieron las clases de bordado guatemalteco y entre hilos, pinceles y agujas, nacieron sus cuidadas obras. Estos son trabajos que rezuman el cariño y  el cuidado con los que fueron elaborados.

Ligia extiende la mirada y encontramos un gallo pintado al óleo colgado de la pared, justo sobre la chimenea donde parecen prestarle atención numerosas imágenes de santos. Luego, señala una reproducción basaba en una obra de Ordónez, en la que el color y la textura de las imágenes bordadas sobre pintura, nos tientan a tocarla.

Los años le han dado a Ligia el ritmo adecuado: combinar su trabajo artístico con la afición por la cocina, el cuido de una casa con ejercicios de escritura,  y el rol de madre, abuela y esposa con una sed por perfeccionar sus técnicas de pintura.

Esta bella mujer, cartaga por elección, nos cuenta que su reto es seguir produciendo. “Yo no puedo estar con las manos queditas”, afirma mientras nos muestra su colección de imágenes religiosas, acaricia a su gato o contempla con afecto alguno de sus cuadros. Actualmente se encuentra trabajando en una pintura bordada del Padre Pío, la cual desea donar al Convento de los padres Capuchinos.

Tardará en ver la luz unos seis meses, pues como ella misma nos cuenta, peca de perfeccionista y le cuesta quedar satisfecha con el resultado.

Como todo trabajo artesanal, el tiempo dedicado a su ejecución le  añade valor a la obra.

Ligia sabe que ha llegado la hora de alejarse de las reproducciones y de comenzar a plasmar con hilos, pintura y lienzo, esas imágenes que ha tenido guardadas por años en su cabeza. Ahora hay muchas razones para sonreír, la espera ha terminado.


Fotografía: F.Mora / Neometrópoli